El coronavirus acelera el cambio de época

Coronavirus cambio época

La situación generada por la propagación del COVID-19 está evidenciando, una vez más, lo importante y necesario que es contar con un sistema sanitario público sólido y un Estado capaz de intervenir para atajar el problema. Estos días hemos visto como las conductas irresponsables abundaban a nuestro alrededor, desde acaparar bienes compulsivamente en los supermercados hasta llenar bares, pasando por desplazamientos masivos hacia otras regiones del país. La apelación a la responsabilidad individual ha sido una constante, pero esta concepción individualista de la sociedad en la que hemos estado inmersos en las últimas décadas ha sido desbordada por la evidencia de que solo la colectividad reflejada en el Estado es capaz de sacarnos de esta.

Las últimas semanas también han servido para que aflorasen las contradicciones por parte de expertos enmarcados en los postulados neoliberales, que en España siempre se han movido respecto al Estado en base al beneficio que podían obtener de este, y que ahora han descubierto que la única forma de atajar la situación sanitaria es desde el propio sistema público. No hace tanto tiempo, sus dogmas desregularizadores chocaban con cualquier tipo de intervencionismo ante momentos críticos. A lo que estamos asistiendo debe ser entendido en la misma línea, evidenciando así la incapacidad para afrontar la situación actual con sus propuestas habituales, las cuales son incompatibles con cualquier pretensión de contar con un Estado de bienestar fuerte.

Es el Estado de bienestar al que ahora se apela el que ha vivido un auténtico retroceso en los últimos años. Los años de la austeridad, los recortes y la lógica de la rentabilidad han condicionado la vida política y económica, tanto la europea como la española. Esto se llevó tanto al extremo que hemos llegado a ver en diferentes ocasiones a políticos alardear de que el Estado hay que gestionarlo como si fuese una empresa. Es ese Estado el que estos días se enfrenta al mayor reto que ha tenido occidente en años. Precisamente, el prestigio institucional ahora depende de la capacidad del propio Estado para articular una protección social acorde a las circunstancias excepcionales que vivimos.

El resurgimiento de los Estado-nación en pleno repliegue identitario

Es evidente que los países europeos no pueden afrontar otra recesión con las mismas recetas que en 2008 y que la principal fórmula para salir de la crisis generada por el coronavirus tendrá que venir del gasto público. Dicho esto, no debemos pensar en las medidas paliativas para surfear la situación, sino que es momento de pensar a largo plazo mientras asistimos a un cambio de paradigma de la historia. Es el momento de pensar en cómo reconfiguramos nuestros Estados y en cómo usamos la economía para el bienestar de la mayoría.

Una cuestión particular en la que convendría hacer especial énfasis es el contexto internacional en el que estamos afrontando la pandemia. En un momento en el que el repliegue identitario de los países está al alza, con nacionalismos de todo tipo, incluidos los de la ultraderecha, estamos viendo como las únicas respuestas vienen de los propios Estados. La Unión Europea se vuelve a mostrar, por desgracia, inoperante y lenta, tanto en la acción como en presencia, con reuniones protagonizadas por el Eurogrupo que a todos los efectos son estériles. Mientras, los Estados actúan adoptando medidas de forma individualizada. Un ejemplo de ello es el caso de Italia, que de nuevo está afrontando la gestión de una crisis en soledad —al igual que ha ocurrido durante mucho tiempo con la cuestión migratoria—.

A todo ello hay que sumar a una reconfiguración geopolítica donde el liderazgo chino no se ha hecho esperar. Ante la ausencia de Estados Unidos, que ya solo tiene ojos para sí mismo, y la incapacidad de Unión Europea, China, el país donde se originó la pandemia, ofrece su ayuda a los países europeos con el objetivo de tejer nuevas alianzas durante este cambio de orden en el que estamos inmersos. El gigante asiático, tras convertirse en una potencia gracias precisamente a la globalización que generó la descentralización de las empresas occidentales, ambiciona ahora ocupar el mercado occidental con sus empresas y convertir su influencia en hegemónica.

Todo lo expuesto no ha hecho más que acelerar el proceso de desglobalización al que estamos asistiendo. Pensar en nuestro futuro dentro de esta nueva época debería estar presente en todo momento en el debate político de nuestro país, sino de nuevo volveremos a quedarnos atrás.


Artículo publicado en Debate21.es

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