La nación y el nacionalismo (II)

De acuerdo con la interpretación del nacionalismo étnico‐cultural el hecho de pertenecer a una nación responde a criterios predeterminados. La nación étnica es aquella en que la ciudadanía se confunde con la etnicidad, definida por un conjunto de particularismos (ligados al origen, a la lengua, a la religión, a las costumbres) que normalmente son adquiridos por el nacimiento. Según el modelo puro, el acceso a la ciudadanía está sometido a la adquisición de estos particularismos. Este tipo de nación, pues, es muy hermético y, por definición, se caracteriza por una gran homogeneidad.

Por lo tanto, se puede afirmar que en la nación étnico‐cultural la pertinencia se atribuye a los individuos por el nacimiento, es decir, ellos no la pueden elegir, pues el individuo ha nacido al seno de una nación y portará en toda su vida el sello del carácter y la personalidad de esta nación. Según el nacionalismo étnico‐cultural, el individuo va indisolublemente unido a su unidad nacional y, como tal, no tiene sentido alguno fuera de la comunidad de nacimiento. La nación étnico‐cultural, por tanto, existe independientemente de la voluntad de sus miembros. Es un hecho objetivo, pues, que el elemento generador y legitimador de la nación lo constituye la existencia de una serie de factores objetivos de índole cultural. Ahora bien, en la medida en que las definiciones “objetivas” son estipulativas, casi siempre excluyen algunos de los casos más aceptados de naciones, algunas veces de manera intencionada. Sin embargo, cabe matizar que la nación concebida por el nacionalismo cultural no se restringe a factores objetivos, pues, en la versión orgánica del nacionalismo la nación es concebida como un principio espiritual y como un todo sin divisiones que transciende los miembros individuales.

Respecto al Estado, la concepción cultural de la nación afirma que éste es algo secundario, pues la nación cultural preexiste como fundamento del Estado, es decir, la nación funda el Estado y no al contrario. No solamente la nación y el Estado constituyen realidades diferenciadas sino que ambas se sitúan en niveles absolutamente diversos. En este caso la nación constituye una entidad natural, cuando no inmutable y permanente, mientras que el Estado supone un mero artificio. Incluso, la nación configurada como ámbito del Estado nacional adquiere el carácter de nación secundaria frente a lo que constituirían las naciones primarias, es decir, los grupos étnicos o nacionales minoritarios subsistentes en el marco del Estado nacional.

Desde la perspectiva de las etnias que reclaman su propio poder político se pone en cuestión la legitimidad de la “nación política” o la “nación secundaria”, fundamentando tal rechazo en el hecho de que la misma no constituye el resultado de una autentica etnia, sino el producto de unas determinadas circunstancias históricas que, bien como consecuencia de la represión o bien como consecuencia de otras causas, llevaron a la integración inadecuada de diversas etnias que hoy se encuentran oprimidas.

Por otra parte, en la interpretación del nacionalismo cívico‐político, la nación se constituye a través de la asociación voluntaria de los individuos. En la versión voluntarista, la nación aparece como una asociación territorial racional de ciudadanos: sus miembros están vinculados por leyes basadas en un contrato libremente establecido y conforman una comunidad política que vive de acuerdo con un código de leyes y comparten una sola cultura política en un territorio histórico reconocido. Se puede afirmar que el nacionalismo cívico‐político tiene una esencia colectiva, pero se fundamenta sobre el consentimiento individual de cada uno más bien que sobre una pertenencia determinada. Se funda sobre unos valores y unas instituciones comunes, así como sobre unas maneras aceptadas de interacción social. Los portadores de la identidad nacional son las instituciones, las costumbres, la memoria histórica y los valores de la razón y de la laicidad., no importa quien pueda ser miembro de la nación, cualquiera que sea su lugar de nacimiento o sus orígenes étnicos. El mito de una ascendencia común es inexistente.

De esta forma, para el nacionalismo cívico‐político, la nación es una cuestión de conciencia subjetiva, pues el carácter prioritario es el consentimiento de sus miembros expresado en el deseo común de constituir o defender la nación. De hecho, para el nacionalismo, lo que importa es la lealtad y el consentimiento de los individuos con relación a la comunidad política.

Según la concepción voluntarista de la nación, los individuos disponen de una cierta flexibilidad; aun cuando han de pertenecer a una nación en un “mundo de naciones” y estados nacionales, en principio pueden elegir a qué nación desean pertenecer. El problema reside en la dificultad del nacionalismo cívico‐político en acomodar las reivindicaciones comunitarias de diferentes culturas.

Además de concebir la nación como una asociación libre y racional en la que los individuos ingresan voluntariamente, el ideal del nacionalismo político consiste en una comunidad de ciudadanos educados e unidos por las leyes y las costumbres en el marco de un Estado representativo. Por tanto, la legitimidad del Estado reside en la nación democrática y liberal. El objetivo es la construcción o mantenimiento de un Estado representativo. El nacionalismo cívico remite, por tanto, al pensamiento liberal y a las teorías lockianas del contrato social. La nación era el cuerpo de ciudadanos cuya soberanía colectiva los constituía como un Estado concebido como su expresión política. Pues, fuera lo que fuera una nación, ella siempre incluirá el elemento de la ciudadanía y de la elección o participación de la masa.

Hay además un elemento a destacar en lo que se refiere a la concepción cívico‐política de la nación: la separación entre las esferas públicas y privadas. La nación cívica es aquella en que las esferas pública y privada están claramente separadas: la ciudadanía se manifiesta en la primera (pública) y la etnicidad en la segunda (privada). Así, en principio, el Estado y la ley restringen su intervención en la vida de los ciudadanos al dominio de los valores y de los derechos de carácter universal o a los negocios de estricta necesidad comunitaria. Esta intervención, por otro lado, está limitada por las Constituciones y las leyes que consignan los derechos individuales, pero, si no más en principio, ignoran los derechos colectivos.

Así pues, es posible afirmar que, en la nación concebida como cívico‐política, se produce una estricta separación entre sociedad civil y Estado. Por último, cabe señalar que la nación y el nacionalismo se entienden como pertenecientes al campo de la política, de las leyes; al campo de los valores supuestamente subjetivos (principios cívicos e políticos) y de las instituciones. El nacionalismo, a su vez, se limita a la suma de las voluntades individuales, pues el nacionalismo cívico‐político funda la nación a partir de los individuos.


Artículo publicado en Debate21.es

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