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​EE. UU. y Venezuela en el imaginario colectivo español: el «antimodelo» y el «aliado sospechoso»

La intervención estadounidense del 3 de enero que culminó con la captura de Nicolás Maduro y un discurso explícito de tutela política sobre el futuro de Venezuela ha cruzado el imaginario colectivo de la ciudadanía española en un mismo fotograma. En la conversación pública española, Venezuela y Estados Unidos no son solo dos países: son dos elementos simbólicos. El primero opera como antimodelo (deriva autoritaria, colapso económico, emigración masiva); el segundo, como poder hegemónico ambivalente (aliado necesario, pero también actor percibido como imprevisible y, con Trump, crecientemente problemático). 

Venezuela: un símbolo ya fijado antes de la intervención

Antes de la coyuntura actual, la imagen de Venezuela en España ya estaba cristalizada en el extremo negativo durante la última década. En el barómetro del Real Instituto Elcano difundido en 2015, Venezuela aparecía como el país peor valorado por los españoles, con una media de 2,8 sobre diez y una caída notable respecto a mediciones anteriores (dos años atrás era cercana al cuatro).
 
Ese dato importa menos por la cifra exacta que por lo que indica sociológicamente: Venezuela deja de ser un país «evaluado» y pasa a ser un país «etiquetado». Eran los tiempos de la irrupción de Podemos y el comienzo de la utilización de Venezuela como ariete contra dirigentes de izquierdas por parte de sectores conservadores. Fue entonces cuando la imagen del país sudamericano se volvió estereotipo. En ese momento el público ya no se preguntaba «qué está pasando», sino «qué confirma lo que ya sé».

«La opinión española (al menos en ese momento) estaba psicológicamente preparada para aceptar que el chavismo había agotado su legitimidad»

Lo descrito tiene otras consecuencias. Como que muchas preguntas de opinión en España no midan una simpatía abstracta por Venezuela, sino qué debería hacer España frente a su régimen, es decir: Venezuela como asunto de política interior por otras vías. La encuesta de Sigma Dos (agosto 2024) encaja con ese marco: ante el fraude electoral, un 65,9% defendía que el Gobierno español debía reconocer la victoria del opositor Edmundo González, frente a un 9,8% que avalaría a Maduro, con un bloque relevante de indecisos. En otras palabras, la opinión española (al menos en ese momento) estaba psicológicamente preparada para aceptar que el chavismo había agotado su legitimidad. Incluso en la izquierda, entre los votantes de Sumar en las últimas elecciones generales, quienes apostaban por esta opción duplicaban a quienes manifestaban su inclinación por el reconocimiento de la victoria electoral de Maduro (40,8% frente al 20,6%).

¿Cuál debe ser la posición de España tras las elecciones en Venezuela? (2024) (Barras divididas)

Estados Unidos: el «aprobado raspado» y la sombra de Trump

Pero el segundo término de la ecuación, Estados Unidos, tampoco llega a esta crisis con una reputación robusta en España. Aquí los datos recientes son muy elocuentes: el IV Informe anual sobre la imagen de Estados Unidos en España (Instituto Franklin-UAH, trabajo de campo de GAD3, publicado en noviembre de 2025) sitúa la imagen de EE. UU. en el 5,3 sobre 10, un aprobado justo. 

«Un 64% afirma que la imagen de EE. UU. ha empeorado en los últimos cinco años, y la presidencia de Trump aparece como factor central de desgaste»

Más relevante aún es la dirección del cambio: un 64% afirma que la imagen de EE. UU. ha empeorado en los últimos cinco años, y la presidencia de Trump aparece como factor central de desgaste: el informe recoge una opinión negativa mayoritaria sobre Trump y una percepción extendida de deterioro de la relación bilateral (con porcentajes altos calificándola de mala o anticipando que empeoraría).

Esto conecta con otro hallazgo de clima: encuestas publicadas en 2025 en medios españoles mostraban una inquietud mayoritaria ante el segundo Gobierno de Trump, con expectativas negativas sobre efectos en cambio climático, comercio, seguridad y valores democráticos, y con lectura ideologizada (rechazo fuerte en electorados progresistas, mayor receptividad en perfiles específicos). 

En términos de imaginario, España no ve hoy a EE. UU. como «el faro» (eso sería un marco de los noventa), sino como la superpotencia existente pero desestabilizadora: imprescindible en la realidad del orden occidental, a la vez que capaz de romper reglas o imponer condiciones. Además, existen diferencias notables cuando se observan los datos por recuerdo de voto, producto de la propia trayectoria histórica. El electorado de PSOE y Sumar tienen una imagen mayoritariamente negativa de EE. UU. (el 35% y 52%, respectivamente). Por el contrario, los votantes de PP y Vox cuentan con una imagen mayoritariamente positiva del país norteamericano (58% y 73%, respectivamente).

¿Qué imagen tiene de Estados Unidos? (escala 1-10) (Barras divididas)

El choque: «fin de Maduro» bajo tutela de un EE. UU. impopular

La intervención y captura de Maduro reordenan el tablero precisamente porque mezclan dos intuiciones españolas muy asentadas:

  • Intuición A: «Maduro no se va por las urnas» (régimen impermeable a alternancia).
  • Intuición B: «EE. UU. hace política exterior con lógica de poder, no de reglas» (y con Trump, más aún).

«Para una parte amplia de la sociedad española, la caída de Maduro puede ser una buena noticia, porque encaja con años de diagnóstico negativo sobre el chavismo»

Las crónicas sobre el operativo y la retórica posterior («dictar política», «transición segura», prioridades de petróleo) refuerzan esa segunda intuición. Así aparece la paradoja: para una parte amplia de la sociedad española, la caída de Maduro puede ser una buena noticia, porque encaja con años de diagnóstico negativo sobre el chavismo. Pero la forma (operación militar estadounidense y tutela declarada con fines energéticos y de poder político) activa el viejo reflejo cultural del intervencionismo y, hoy, se contamina con el hecho de que Trump es impopular en España. Se añade otro elemento, el régimen venezolano sigue vigente y el mandatario estadounidense ya ha proclamado su tolerancia hacia la nueva presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez. Al menos, de momento.

En España, en términos de opinión, el resultado probable no es un «sí» o «no» limpio, sino una posición mixta, muy española en política exterior: «Sí al fin de Maduro, pero no asísí a una transición (que de momento no tiene atisbos de producirse), pero con legalidad internacional y protagonismo venezolano».

España como espejo: del «Venezuela-Podemos» al «Venezuela-protectorado»

Durante años, Venezuela fue útil en España como etiqueta doméstica: «bolivariano» como insulto político y como atajo narrativo para discutir la izquierda nacional. Ese marco no desaparece; simplemente se desplaza. Con la intervención, Venezuela también se convierte en el símbolo inverso: el riesgo de que un Estado colapse hasta quedar administrado desde fuera. Y ahí entra de lleno el imaginario de EE. UU.: no ya como potencia lejana, sino como actor que determina desenlaces en el patio trasero latinoamericano, un repertorio histórico que en España está culturalmente presente (por memoria política, cine, prensa, escuela). La diferencia ahora es que el actor interviene contra un régimen ampliamente desacreditado, lo que vuelve el juicio moral más incómodo.

El «doble marco» que viene

Si Venezuela era el antimodelo, Estados Unidos es el poder que decide; y en la España de 2026, ese poder además es percibido como más deteriorado, más imprevisible y más ideologizado por el factor Trump. Por eso, el nuevo imaginario no será «Venezuela se libera», sino algo más áspero:

  • Venezuela seguirá funcionando como advertencia sobre autoritarismo y colapso (el estigma es inercial).
  • EE. UU. se consolida como aliado sospechoso: sigue siendo socio militar, pero peligroso e imprevisible en el mundo multipolar que se está articulando. 
  • Y la combinación producirá una opinión pública española ambivalente: moralmente anti-Maduro, políticamente recelosa de la tutela.

En suma: en el imaginario colectivo español, la crisis venezolana ya no se lee solo como «fracaso del chavismo», sino como la escena donde se disputa algo más grande: quién tiene derecho a imponer, con qué reglas, y a qué precio.


Artículo publicado en Agenda Pública (10/01/2026).

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