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España: el país más feminista del mundo pero con una asignatura pendiente

Manifestación del 8M de 2025 en València, España. | Jorge Gil / Europa Press / ContactoPhoto

España es, según la macroencuesta global de Ipsos elaborada con motivo del 8M de 2026, el único país del mundo donde la mitad de la población se declara feminista. Un 51% que no alcanza ninguno de los otros 29 países analizados. Suecia se queda en el 48%, Francia en el 44%, Alemania apenas roza el 28%. El dato es rotundo y sitúa a España en una posición de liderazgo internacional que no es casual: tiene mucho que ver con la ambición legislativa de la última década, desde las leyes de igualdad y violencia de género hasta la corresponsabilidad parental. 

«Un 49% de los españoles considera que las políticas de igualdad han ido tan lejos que ya están discriminando a los hombres»

Sin embargo, el mismo informe muestra la otra cara de la moneda: un 49% de los españoles considera que las políticas de igualdad han ido tan lejos que ya están discriminando a los hombres. También en esto encabezamos el ranking europeo. Dos cifras casi idénticas, 51 y 49, que resumen una sociedad que ha abrazado el feminismo como identidad colectiva sin haber resuelto la resistencia que genera.

Lo que Ipsos dibuja no es tanto una sociedad dividida por género —que también— como una sociedad partida por la ideología. Aquí los datos son demoledores. Entre los votantes de Sumar, un 79% se declara feminista; entre los del PSOE, un 62%. En el PP la cifra baja al 35% y en Vox al 29%. La imagen funciona con precisión: el 78% de los votantes de Vox cree que la igualdad discrimina a los hombres, frente al 25% de los de Sumar. 

«El 39% de la población reconoce que los hombres siguen disfrutando de más opciones a la hora de elegir profesión, y solo un 8% percibe ventaja femenina»

No estamos ante una brecha de opinión: estamos ante dos marcos interpretativos de la realidad que ya no comparten ni los significantes. Para unos, la igualdad es un proyecto inacabado que exige más políticas públicas; para otros, una amenaza consumada que ha rebasado lo razonable. Pero la pregunta pertinente es si esa percepción de agravio se corresponde con algún dato objetivo. Y la respuesta, según la propia encuesta, es que no: el 39% de la población reconoce que los hombres siguen disfrutando de más opciones a la hora de elegir profesión, y solo un 8% percibe ventaja femenina.

La resistencia: Vox y la generación Z

Vox emerge como el principal catalizador de la narrativa de agravio masculino. No solo porque sus votantes concentren los mayores porcentajes de rechazo al feminismo, sino porque articulan un paquete coherente de posiciones tradicionalistas que desborda la discrepancia política convencional: el 54% de su electorado cree que las mujeres son mejores cuidadoras «por naturaleza» —frente al 32% de Sumar—, el 23% opina que si una mujer gana más que su marido, eso supone un problema matrimonial —en Sumar, el 9%—, y apenas el 35% apoya que haya más mujeres en puestos de liderazgo político y empresarial —frente al 81% de Sumar—. Lejos de ser matices, se trata de cosmovisiones enfrentadas sobre el orden social deseable. La resistencia a la igualdad ha dejado de expresarse como un conservadurismo difuso para consolidarse como un programa ideológico con representación institucional estable y una base social que lo sostiene.

El dato que debería encender más alarmas no está en Vox, sino en cómo se está abriendo la brecha entre hombres y mujeres. En apenas dos años, la distancia en la percepción de agravio masculino se ha duplicado: en 2024 separaba a ambos sexos once puntos; en 2026, veintidós. Seis de cada diez varones están hoy convencidos de que la igualdad les perjudica; entre las mujeres, esa percepción ha caído hasta el 38%.

La tijera se abre. Y se abre, sobre todo, entre los más jóvenes. El informe revela algo profundamente contraintuitivo: los hombres de la generación Z son más escépticos con la igualdad que sus padres y sus abuelos. 

«Algo está ocurriendo en la socialización de los varones jóvenes —en las redes, en los referentes culturales, en la experiencia cotidiana de precariedad— que el feminismo no puede permitirse ignorar»

La sensación de que las políticas igualitarias discriminan a los hombres ha crecido ocho puntos en esta generación desde 2024 hasta alcanzar el 50%. Entre los baby boomers, la cifra se mantiene prácticamente estable. No estamos ante una inercia conservadora que se extingue con el relevo generacional, sino ante una reacción que se genera —y se intensifica— precisamente entre quienes deberían haberse criado en valores más igualitarios. Un 16% de los menores de 35 años considera que un hombre que participa en el cuidado de los hijos es menos masculino; entre los mayores de 50, esa cifra es del 4%. Algo está ocurriendo en la socialización de los varones jóvenes —en las redes, en los referentes culturales, en la experiencia cotidiana de precariedad— que el feminismo no puede permitirse ignorar.

Lo que la izquierda no puede subestimar

Las implicaciones políticas son directas. Si la izquierda española ha dado por sentado que el feminismo es un activo generacional que se refuerza con el tiempo, el barómetro de Ipsos sugiere lo contrario: entre los varones jóvenes, la igualdad de género se percibe crecientemente como un juego de suma cero en el que ellos pierden. 

Es un caldo de cultivo que la ultraderecha ya capitaliza y retroalimenta con eficacia y que la izquierda no parece estar abordando con estrategias específicas. Porque la brecha, además de ser ideológica, es una brecha de relato. Mientras el feminismo habla de techos de cristal y corresponsabilidad, una parte significativa de los hombres jóvenes experimenta precariedad laboral, dificultad de acceso a la vivienda y una frustración vital que perciben como ajena a ese marco discursivo. No porque el feminismo sea el causante de esos problemas —no lo es—, sino porque sienten que su lenguaje no los interpela.

El consenso que no basta 

Existe, eso sí, un terreno de encuentro que el informe documenta y que conviene no subestimar. El 79% de los españoles defiende que las tareas domésticas deben compartirse equitativamente, un consenso que alcanza incluso al 72% de los votantes de Vox y al 70% de la generación Z. La corresponsabilidad en el hogar es el único eje donde la fractura ideológica se atenúa de forma significativa. Pero este pacto teórico convive con un sesgo práctico persistente: cuatro de cada diez ciudadanos siguen creyendo que las mujeres están mejor dotadas por naturaleza para el cuidado infantil. El avance normativo es innegable; la transformación cultural, mucho más lenta. La sociedad española suscribe la igualdad como principio y la resiste como práctica, y esa distancia entre lo que se dice y lo que se cree es, precisamente, el espacio donde la desigualdad se reproduce.

«Es la fotografía de una sociedad en transición, donde el feminismo ha ganado la batalla institucional, pero está perdiendo la batalla cultural entre los hombres jóvenes»

Lo que el barómetro retrata es una España que ha institucionalizado el feminismo más que ningún otro país europeo —y probablemente más que ningún otro país del mundo—, pero que no ha logrado que ese avance normativo se traduzca en consenso social profundo. El 55% de la población sostiene que no habrá igualdad real sin más mujeres en puestos de poder; el 49% siente que ya se ha ido demasiado lejos. No es exactamente una contradicción: es la fotografía de una sociedad en transición, donde el feminismo ha ganado la batalla institucional, pero está perdiendo —a diferencia de lo que parecía ocurrir en 2018— la batalla cultural entre los hombres jóvenes. 

Esa es, probablemente, la cuestión política más importante que el 8M de 2026 debería poner sobre la mesa. No para ceder terreno ante quienes instrumentalizan el agravio como arma electoral, sino para construir un relato capaz de mostrar que la igualdad no es una amenaza: es la condición para que esta sociedad funcione mejor para todas las personas.


Artículo publicado en Agenda Pública (08/03/2026).

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