Juventud, violencia estructural y pandemia

El término violencia estructural es aplicable en aquellas situaciones en las que se produce un daño en la satisfacción de las necesidades humanas básicas (supervivencia, bienestar, identidad o libertad) como resultado de los procesos de estratificación social, es decir, sin necesidad de formas de violencia directa.

El conflicto social emerge en una España que aún no ha dejado atrás la pandemia y cuyas consecuencias económicas están ya presentes. El malestar en los territorios periféricos dibuja una de las batallas. En las últimas semanas han sido Jaén y Linares, pero hace justo un año eran los agricultores de Don Benito en Extremadura o la población de León reclamando su propia comunidad autónoma, sin olvidarnos del resultado electoral de Teruel Existe en las elecciones generales de noviembre de 2019.

Al descontento de los territorios periféricos se suma el de gran parte de la juventud, que ha encontrado un detonante inicial en el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél, instante en el que se ha puesto en cuestión las limitaciones actuales con las que cuenta el derecho a la libertad de expresión.

En este momento, España ha vuelto a situarse (al igual que tras la Gran Recesión de 2008) como líder de la Unión Europea en desempleo juvenil con una tasa del 40,7%, lo que sitúa a nuestro país más de veinte puntos por encima de la media de la UE (17,8%) y con cinco puntos más que el segundo, que es Grecia, con un 35,5%. Nuevamente, las generaciones más jóvenes son convertidas en outsiders permanentes, parados o precarios, sin ninguna perspectiva de futuro o de cambio y, lo que es peor, sin que este alto desempleo sea un asunto principal de la agenda pública.

Precarización y expectativas frustradas

Existen diversos factores que juegan en contra de la juventud (segmento en el que las diferencias de clases sociales son también determinantes). El primero, la poca relevancia que tienen en las democracias actuales, especialmente, en sus procesos electorales y en la canalización de sus demandas hacia las políticas públicas. El segundo, la existencia de una dualidad en el mercado laboral entre insiders, trabajadores protegidos y regulados, y outsiders, desempleados o empleados de forma precaria. Son principalmente miembros de este segundo grupo: los desempleados con edad al borde de la jubilación, gran parte de las mujeres y, de manera muy significativa, los jóvenes.

El ciclo vital de un joven no resulta en la mayoría de los casos lineal, ya que en la actualidad se entremezclan etapas de estudios y trabajos precarios hasta alcanzada la treintena, viéndose condicionados o limitados otros proyectos vitales, como es la propia emancipación (en España esta se produce de media a los 30 años) o la creación de una familia. Como apuntaba recientemente, a la falta de seguridad se suma el hecho de empezar a asumir que no habrá una mejora, que muchos no disfrutarán del ascensor social, que la educación ya no garantiza no sufrir la precariedad, en definitiva, que vivirán con muchos más anhelos frustrados que sus padres.

Dos crisis y una pandemia

Las consecuencias económicas de la pandemia se han cebado con los más jóvenes. El reciente estudio de 40dB ha mostrado que son los menores de 40 años quienes más han visto reducidos sus ingresos tras la crisis sanitaria. El 66% de los mileniales (jóvenes entre 24 y 39 años) encuestados afirma que su salario se ha reducido, un porcentaje que baja al 60% entre quienes tienen entre 16 y 23 años. En ambos casos, muy por encima de los datos que presentan quienes cuentan con entre 40 y 54 años (50%).

Estas consecuencias económicas se están traduciendo en una mayor inquietud. Así, tenemos que los menores de 25 años son los que más preocupación tienen por los efectos sobre la economía y el empleo (37,2%), seguidos de quienes cuentan con entre 25 y 34 años (29,6%), muy lejos de los porcentajes que muestran el resto de segmentos de la población, situándose la media del conjunto en 17,3%.

A esta preocupación le acompaña un empeoramiento anímico. Los menores de 30 años son el grupo social más afectado por la fatiga pandémica. Su estado de ánimo está más deteriorado que el del resto de la población, como esta semana ha publicado el CSIC tras la segunda encuesta de Espacov.

Los efectos de la actual crisis están golpeando de forma desigual a las distintas generaciones. Como se ha apuntado, son los más jóvenes quienes más la están padeciendo. Además, son estos quienes cuentan con una menor protección. No es esperable en este escenario un nuevo ciclo de protestas como las vividas hace ya una década, en las que amplios sectores de la ciudadanía convergieron en las demandas de cambios.

Cabe pensar que, en un contexto en el que las reacciones de los gobiernos han sido distintas a 2008 y en la que generacionalmente el impacto se ha mostrado incluso más desigual que entonces, el descontento, el malestar y la impugnación política corresponderán a aquellos que han sido olvidados y que más sufren las consecuencias materiales.


Artículo publicado en Debate21.es

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